Si el llamado Reloj del Fin del Mundo marca la medianoche, para la comunidad científica significa que la humanidad habría alcanzado su punto simbólico de autodestrucción; no se trata de una explosión literal, sino de una alerta extrema que mide qué tan cerca está el planeta de una catástrofe global provocada por el propio ser humano.
Hoy, esa alarma nunca había estado tan cerca: el reloj fue ajustado a 85 segundos para la medianoche, el registro más peligroso desde su creación en 1947.
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“El mensaje no podría ser más claro: los riesgos catastróficos aumentan, la cooperación internacional disminuye y el tiempo se está agotando”, advirtió Alexandra Bell, directora ejecutiva del Boletín de Científicos Atómicos, la organización que administra este indicador simbólico.
¿Qué significa realmente llegar a la medianoche?
Para los expertos, alcanzar la medianoche representa un escenario donde confluyen guerra nuclear, colapso climático, crisis tecnológicas y conflictos globales capaces de provocar daños irreversibles para la civilización.
Aunque el reloj no predice una fecha exacta, sí funciona como un termómetro del riesgo global, basado en evaluaciones científicas, políticas y geoestratégicas.
Por qué el reloj avanza cada vez más rápido
Entre los factores que empujaron las manecillas hacia adelante se encuentran:
- La guerra en Ucrania y el aumento de tensiones militares entre potencias.
- Los bombardeos en Medio Oriente y los choques regionales en Asia.
- El acelerado desarrollo de la inteligencia artificial sin marcos regulatorios sólidos.
- El avance del cambio climático y la falta de acuerdos efectivos.
- El colapso de tratados de control nuclear entre Estados Unidos y Rusia.
Uno de los puntos más críticos fue el fin del tratado Nuevo START, el último acuerdo que limitaba legalmente el número de armas nucleares entre Washington y Moscú, por primera vez desde los años setenta, ambas potencias quedan sin restricciones formales.
¿Se puede alejar el reloj?
Para los científicos, la respuesta existe, pero requiere decisiones políticas urgentes: reducción de arsenales nucleares, acuerdos multilaterales, inversión climática real y regulación tecnológica.
