El invierno volvió a demostrar que la naturaleza no responde a récords humanos, sino a su propia fuerza. En los últimos días, las Cataratas del Niágara ofrecieron una imagen tan impactante como inquietante, enormes formaciones de hielo, bruma congelada y un manto blanco que hizo pensar a miles de personas que el agua se había detenido por completo. Un espectáculo poco común que no se observaba con esta intensidad desde hace 178 años, en medio de uno de los episodios de frío más extremos registrados en Norteamérica.
Canadá y Estados Unidos atravesaron una semana marcada por un vórtice polar particularmente agresivo. Las sensaciones térmicas llegaron a descender hasta los -55 grados centígrados, dejando un saldo trágico de al menos una veintena de personas fallecidas por causas relacionadas con el clima. En la región de Niagara Falls, los termómetros oscilaron entre los -12 y -21 grados, aunque el frío real se percibía cercano a los -30, intensificando las condiciones extremas.
A pesar de ello, la ciudad no se paralizó
Turistas de distintas partes del mundo continuaron llegando, atraídos por la postal helada de uno de los destinos naturales más icónicos del planeta. Las imágenes captadas y compartidas en redes sociales alimentaron rápidamente la idea de que las cataratas se habían congelado por completo, pero la realidad es aún más fascinante.
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Autoridades y expertos explican que el río Niágara nunca se congela totalmente. Durante estos episodios de frío extremo, la niebla y el rocío que se generan por la caída constante del agua se solidifican al entrar en contacto con el aire gélido, formando una gruesa capa de hielo en la superficie. Bajo esa costra blanca, el agua continúa fluyendo con la misma fuerza, invisible pero incesante.
¿Qué está ocurriendo?
Cuando las bajas temperaturas se prolongan, aparece el llamado “puente de hielo”, una acumulación de grandes bloques helados que se forman río arriba. Estos fragmentos pueden romperse por cambios bruscos de temperatura o fuertes vientos y desplazarse hasta el pie de las cataratas, donde el agua los eleva y vuelve a congelar, creando una enorme masa con apariencia de glaciar.
El Niágara no se ha congelado, simplemente ha mostrado una de sus caras más extremas, recordándonos que incluso los paisajes más conocidos aún pueden sorprender con la fuerza implacable de la naturaleza.
