La reciente llegada de doscientos agentes adicionales de la Patrulla Fronteriza a Laredo nos deja con una pregunta bastante lógica: ¿A qué se debe tanto revuelo si las aguas están más tranquilas que nunca? Con las cifras oficiales que presumen niveles históricamente bajos de cruces y repatriaciones, resulta curioso que decidan enviar un batallón extra a una región que ya parece un desfile de fuerzas del orden. Entre los más de mil agentes locales, elementos castrenses y los muchachos del DPS, pareciera que en cualquier momento vamos a necesitar un semáforo para tanta patrulla en el río.
Por otro lado, no falta quien justifique el movimiento señalando que somos el punto vulnerable de la frontera por no tener murallas artificiales. A diferencia de Eagle Pass o McAllen, que tienen boyas, cercas y muros que parecen sacados de una película, Laredo se mantiene sin ese tipo de estructuras. Sin embargo, decir que carecemos de barreras es ignorar olímpicamente al río Bravo, el cual actúa como una barrera natural tan imponente y traicionera que, a lo largo de los años, se ha cobrado incontables vidas.
A pesar de esto, bajo la óptica oficial, los doscientos elementos extra vendrían a “tapar el hueco”, intentando evitar que nuestra geografía convierta a esta orilla en el “pase VIP” para los cruces irregulares.
Sin embargo, seamos honestos: todo este despliegue tiene un fuerte aroma a estrategia política, esa vieja costumbre de querer “mostrar el músculo” para que el vecino del norte vea que la casa está vigilada. Y por si quedaba alguna duda de este espectáculo, ahí tenemos los recientes y estruendosos sobrevuelos de helicópteros militares tipo Chinook, que a más de uno le han quitado el aliento al pasar rozando las márgenes del río Bravo. Enviar aeronaves de esa magnitud a un sector donde la migración está en sus mínimos históricos parece más una coreografía para la galería que una verdadera necesidad operativa, consumiendo recursos que podrían brillar mucho más en otra parte.
Al menos -y hay que reconocer el alivio-, las autoridades nos han dejado claro que estos agentes no se van a sumar a las labores de ICE en redadas, centros de trabajo o paradas de tránsito que inquieten a los ciudadanos. Su trabajo se quedará en la orilla, resguardando el perímetro sin entrometerse en la vida urbana y comercial de nuestra ciudad. Pero aún con esa tranquilidad, nos queda una reflexión seria: la seguridad no se mide solo por el número de uniformados o el tamaño de los helicópteros.
Laredo merece que le apuesten a la estrategia y a la eficiencia, en lugar de conformarse con un simple espectáculo de fuerza desde el aire.
