PREÁMBULO
El 31 de marzo de 1947, Julio Osuna, inspector general de policía del estado de Tamaulipas, asesina a balazos en el hotel “Sierra Gorda” en Ciudad Victoria a Vicente Villasana, director y propietario del periódico “El Mundo” de Tampico, el más importante e influyente en Tamaulipas y las huastecas.
Este acontecimiento da motivo para que desde la presidencia de la república y la secretaría de gobernación se promueva una campaña en los medios en contra del gobernador Hugo Pedro González Lugo, haciéndolo responsable del hecho; lo mismo en Tamaulipas se manifiesta en casi todos los medios y en algunos sindicatos.
La Cámara de Diputados recibió de distintas asociaciones de membrete centenas de telegramas en que se solicitaba destituir al gobernador.
La maniobra estaba organizada desde la Secretaría de Gobernación, de la que era titular Héctor Pérez Martínez; el argumento principal, aparte de condenar el asesinato, era el cacicazgo de Emilio Portes Gil que ejercía desde 1925.
El asesinato de Vicente Villasana fue el motivo para que el 9 de abril de 1947, un miércoles, la Comisión Permanente del Congreso de la Unión presidida por el senador Carlos I. Serrano aprobara la petición del presidente de la república Miguel Alemán para desaparecer los poderes del estado de Tamaulipas de acuerdo con las facultades que le concede la fracción V del artículo 76 de la Constitución Federal; el propio presidente envió una terna para elegir un gobernador sustituto integrada por el general de división Raúl Gárate, el senador Eutimio Rodríguez y el licenciado Horacio Terán; se eligió al primero.
YA MANDA AL CARAJO A PORTES GIL
Desde el 1º de diciembre de 1946, fecha de toma de posesión de Miguel Alemán como presidente de la república, el gobernador Hugo Pedro González recibió mensajes y señales de que sería conveniente que se desligara de Emilio Portes Gil. Al respecto cuenta que el licenciado Tristán Canales, secretario general de gobierno, le manifestó después de una visita a la Ciudad de México “que ya mandara al carajo a Portes Gil, lo están pidiendo de allá arriba”, a lo que el gobernador aducía: —“...no se puede... no se debe”. Lo que hice es informar a Enrique Oliveros, mi compadre y secretario particular de don Emilio, sobre los ataques persistentes e insidiosos en su contra y los mensajes que recibía de Rogerio de la Selva, secretario particular del presidente Alemán; Fernando López Arias, compañero en la Cámara de Diputados, me buscó para decirme que me desligara de Portes Gil. No lo hice porque pensé que sería inmoral de mi parte dar un “chaquetazo”.
EN LA CRISIS ESTUVE SOLO
— Yo no podía de ninguna manera criticar a don Emilio, ya que la inmensa mayoría del estado era portesgilista; si dejaba sin líder al grupo, ese mismo grupo se podría volver en contra de mí, aun con el apoyo del gobierno federal.
— ¿Se pudo haber incendiado Tamaulipas?
— Es posible. Si Tamaulipas no se incendió después de la desaparición de poderes fue porque el mismo don Emilio fue el primero en doblar las manos al aceptar que al entonces senador Magdaleno Aguilar se le nombrara tesorero de gobierno del estado.
— ¿Y la oposición qué hacía en el Estado?
— No había oposición en Tamaulipas; era muy pequeña, insignificante, sin organización. Los opositores de peso estaban en la Ciudad de México.
— ¿En los momentos más críticos en estos días, aparte de Tristán Canales, que cabildeaba en la Ciudad de México, quién más le ayudaba a pensar, a trazar estrategias, a enfrentar la situación?
— Posiblemente nadie. Quienes me podían ayudar desde el punto de vista pensante pudieron ser el profesor Juan Rincón y el ingeniero Candelario Reyes, los dos muy allegados a don Emilio. Y por tanto no tenía caso verlos. En esa crisis estaba solo.
— ¿No recurrió a la Ciudad de México?
— Mandé a Tristán Canales, que tenía mayores posibilidades que yo en esos momentos de entrar en las oficinas donde se ventilaba el asunto. No sé si le cerraron las puertas, como creo que lo hicieron. Ni pude tratar ni negociar con nadie.
— ¿Usted pensó que podría dejar de ser gobernador cuando Julio Osuna se le presentó para informarle que había asesinado a Vicente Villasana?
— No... no. Le dije, aunque creo que en ese momento no me entendía: “me has hecho mucho daño, vale más un Villasana muerto que cuatro vivos”.
— ¿En el lapso que va del asesinato de Vicente Villasana del lunes 31 de marzo al miércoles 9 de abril, cuando la Comisión Permanente del Congreso de la Unión expide el decreto de Desaparición de Poderes, Tristán Canales estaba en la Ciudad de México?
— Así es. Trató de realizar alegatos con el secretario de gobernación Héctor Pérez Martínez, lo mismo que con don Adolfo Ruiz Cortines, gobernador de Veracruz, que presidía el muy poderoso Bloque de Gobernadores.
— ¿Usted sabía que estaban preparando la desaparición de poderes?
— No, no sabía absolutamente nada; la prensa capitalina trataba el asunto e insistía en que esa fuera la solución a la crisis.
— ¿Y el licenciado Portes Gil qué hacía en esos momentos? ¿Se comunicaba con usted por teléfono?
— Nada que yo sepa. Nada. Nunca me habló por teléfono, ni yo lo hice. — ¡Pero cómo! ¿Por qué no habló con Portes Gil? Su experiencia en política en esos momentos debió ser valiosa.
— No tenía caso hablar con él, consideré que comunicarme era echarle más leña a la hoguera. Yo veía venir “el trancazo”, pero nunca creí que llegaría hasta donde llegó. Pensé que podrían haberme mandado llamar para decirme que solicitara licencia por seis meses, y en ese tiempo aclarar la situación de Osuna y Villasana. Y después regresar; en fin, creí que se me iba a mandar llamar para proceder en términos legales. Pensé que la federación pudo actuar políticamente ya que estaban las elecciones municipales para el próximo mes de noviembre. Podrían haber nominado ciudadanos contrarios al grupo político portesgilista y realizar el cambio sin violentar la Constitución.
— Me disculpa pero insisto, ¿por qué no trató de ver al licenciado Portes Gil? Usted se debía políticamente a él.
— ¿Y por qué razón debía ir a verlo?
— Bueno, ya dije que por su experiencia política, por ser el jefe del grupo. ¡Y para hacerle ver que la situación de fondo era un golpe político contra él!
— No, no podía decirle “este golpe viene para usted, ayúdeme”. Y además, ¿quién podía ayudarme en ese momento con Miguel Alemán y con Rogerio de la Selva?
