En las últimas décadas se ha visto una importante disminución en la participación y promoción de las cuestiones religiosas, al comprobarse que en una gran proporción las nuevas generaciones se están relegando de estos asuntos, porque quizás ya sea necesario el establecer ese reforzamiento y crear, ¿porque no?, el undécimo mandamiento: tener fe.
Este fenómeno de abandono no precisamente se ve reflejado en las instituciones que de alguna forma se dedican a difundir todo acto religioso, pues sus pilares ahí están, sino más bien entre la gente que, al ya no obtener esas bases de creer en un ser divino que se promovía principalmente en los hogares, reforzadas con el traslado generacional de tradiciones, poco a poco y en consecuencia esa luz de fe espiritual se está apagando.
Aunado a ese claro distanciamiento entre los que representan la religión y sus comunidades de fieles, algo que no debería suceder, pues visible es que hoy la fe no se encuentra en el confortamiento del alma, entre imágenes y templos, más bien en la capacidad económica de cada uno para poder alcanzarla.
Esto, aunque duro parezca, es la percepción humana que se tiene sobre la religiosidad llámese cualquier ideología el que ya no penetre tanto, pues el alejamiento está siendo cultivado ante los cada vez más incisivos costos de la fe, gastos que se avivan quizás ante todo lo que se eroga por cuestiones de misas para los difuntos, aniversarios, bodas, entre otros.
Por supuesto que todo tiene un costo, pero y por igual en este mundo se tiene la necesidad de creer en algo, pero en cuestiones divinas, de ese Dios, de esos santos o vírgenes tal parece que se va relegando poco a poco del actuar diario del ser humano, y no precisamente porque ese dialogo entre lo divino y lo terrenal se haya distanciado, ocurre simplemente por la forma como hoy se trata, se pregona y se “oferta” la fe.
Cierto es que infinidad de religiones abundan en este mundo con un solo propósito, reconfortar el alma de todos sus fieles, pero cierto es también que ese gesto y gasto ante la necesidad del ser humano de creer y participar, esta generándole un cierto distanciamiento.
Entendiendo que hoy en día, la fe quizás aun permanezca entre los seres humanos, pero el que la promueve, el que la dirige o hasta el mismo que la representa terrenalmente no esta cumpliendo con su parte, ser ese generador de confianza, estar a su lado en los momentos de alegría o dificultad, participar sin complicar o provocar ese otro dolor o carga sobrepuesta al gozo o pesar.
Entre el catolicismo hoy se esta frente a la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, momento espiritual dentro de lo denominado como semana santa, sin embargo, triste es reconocer que las generaciones de hace dos o tres décadas, aquellos jóvenes hoy padres y madres de familia difícilmente lo asimilan, pues este recordatorio tan solo permea en su vida como un acto de descanso y diversión.
No, no es que a fuerzas se tenga que aprender y de memoria toda la historia sobre este suceso de la pasión de Jesucristo que conlleva desde la traición, el arresto, la negación, flagelación, condenación, conducción al calvario, crucifixión, muerte y resurrección que es el deber ser de todo católico, pero al menos el bien entenderlo y sobre estos actos ser mucho más participativo.
Sin embargo, los representantes de la fe y ante cualquier conmemoración, festividad, aniversario en donde se involucre la religiosidad, no se ve como en otras épocas esa preparación y acercamiento ante sus comunidades, no se aprecia ese contacto directo con la gente, esas visitas a los barrios, a los hogares incluso a los hospitales para ver a sus enfermos de una forma de hermandad obligada, no están saliendo de sus templos, iglesias a realizar esto.
Estas omisiones no tan solo se encuentran entre las comunidades católicas, al ver que permean y por igual en otras ideologías, la falta de impulsar la fe de una manera más divina y no en demasía terrenal está provocando que los sentimientos se confronten ante la percepción humana, ante las imposiciones y obligaciones exigibles expuestas.
Entonces el nuevo reordenamiento dentro de las cuestiones religiosas deberá ser el encontrarse nuevamente con la fe, dejar a un lado todo lo material que se ha ido imponiendo, construyendo y manejando entre y para sus fieles o seguidores, retomar nuevamente esa orden divina como es y ha sido el de “darle a Dios, lo que es de Dios”.
