El abandono de personas de edad senil es un problema que en México y a través de las décadas mucho se ha incrementado, asunto en donde los adultos padecen principalmente de sus familiares esa marcada separación, indiferencia que provoca silenciosamente el buscar entre la soledad, la otra “eutanasia”.
Y no precisamente porque padezcan de una enfermedad incurable que los tenga al borde de la desesperación, o que se enfrenten a situaciones difíciles al estar ya desahuciados, quizás sea anhelada esa “buena muerte” al ya no encontrar nada en su vida, en su desolado camino.
Es muy doloroso el arrancar de las entrañas de su hogar a toda persona ya anciana, que justificando “mejores” cuidados son desprendidos y sin preguntarles de ese sitio que por décadas fue su único refugio; entonces el descolgar uno a uno esos sus “trofeos” como son los retratos de hijos, de nietos, es un sufrimiento inmenso que solo a esa edad se puede entender, asimilar.
Sentimiento similar que se genera cuando se llega a ese periodo de vejez y no encuentra nada que le parezca conocido, en donde las cosas y la sociedad ya no encajan en su diaria vida, al ser de una forma a que no está acostumbrado, de la que no vivió, aprendió o disfrutó.
En verdad que duele mucho el buscar y encontrar cifras, estadísticas de abandono de personas por todos los rincones de México, por lo que externarlas no es significativo ante algo que está palpable entre todos los mexicanos. Duro es conocer también que el destino de muchos adultos laboralmente activos de hoy, sufrirán del sello del desprecio al abordar los años en que el depender nuevamente de otros será su destino, un inevitable padecer.
Triste es reconocer que al menos aquí en Nuevo Laredo, no decenas sino cientos de ancianos y ancianas viven entre cuatro paredes, entre las penumbras de la soledad en sus deteriorados hogares, personas seniles que sorprenden al descubrir que muchos no tan solo fueron albañiles, carpinteros o plomeros, otros más se desempeñaron como profesores, veterinarios, ingenieros o personas profesionales capaces que tuvieron bajo su mando la dirección de grandes empresas.
Muchos han conocido a alguna persona que en su momento se sinceró al decir que ya no quería vivir, esto porque su mejor amigo o grupos cercanos de convivencia ya pasaron a mejor vida, que su señor o señora ante su muerte ya jamás estará a su lado, entonces reconocen que para ellos la vida ya no tiene sentido, saber de ellos mismos que por las noches entre la oscuridad se pretendía dejar de respirar, tapándose la boca, la nariz para ya nunca más despertar.
La soledad abruma regularmente a la gente ya senil, aislamiento que también se provoca por situaciones en donde sus decisiones quieren ser tomadas por sus cercanos familiares, un caso muy conocido fue lo que le sucedió a una maestra jubilada en sus cincuentas con una avanzada enfermedad de Alzheimer, enfermedad que alentó a la profesora Janeth Adkins de Michigan, Estados Unidos, a provocarse y apresurar de una manera “digna” su muerte. Aseguraba que tenía que tomar esta decisión voluntaria antes de que el deterioro de su capacidad mental no se lo permitiera y dependiera en consecuencia de la voluntad de terceras personas.
Quizás entre este grupo de personas sea su principal problema, no tanto la enfermedad, más bien que lejano a su voluntad, tienen que depender en demasía de otras personas que les provoca su rechazo ante las decisiones que sobre ellos quieren tomar para verlos “bien”, esto al quererlos enviar a asilos, apresurarlos a esa delicada intervención quirúrgica o de plano a vivir de “arrimados” con otras familias teniendo su propio hogar.
Cierto es que, ante este tipo de personas seniles, los familiares directos deben de hacerse cargo de que todo esté bien a su alrededor para su bien vivir, pero cierto es también, que muchas de estas personas ya adultas, aun tienen la capacidad de resolver sus problemas o tomar decisiones y no ser sometidos en contra de su propia voluntad, presión que deriva en ese distanciamiento.
Diariamente y en todo México alarma el índice de personas que permanecen o mueren sin la compañía de nadie, al reconocer que al final de su edad productiva pocos espacios o servicios de atención están a su alcance de una forma voluntaria o gratuita, ya fuera en sus hogares, en centros de supervivencia total; ante esta situación quizás la gente que hoy toma decisiones como a través de la política, deberían procurarlos, promoverlos y crearlos, así no terminar total o parcialmente de esa sociedad a la que sirvió de una forma por igual abandonados.
