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La depre

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Quizás, una de las enfermedades mentales de más rápido crecimiento en el mundo, sea el de la depresión. Muchas de nuestras actitudes, como el crecimiento de las adicciones y el refugio emocional que nos ofrecen las redes sociales, son solamente algunas de las muestras de ellos.

“En México, la creencia de que ‘tenemos que poder solos’ está costando vidas. Detrás de ese silencio social avanza una emergencia que las estadísticas apenas logran dimensionar”.

Con estas palabras, iniciaba un interesante artículo en un periódico a nivel nacional, que capturaron mi atención, mientras acababa de leer en El Mañana, la triste noticia de una joven que atentó contra su vida hace pocos días. 

“Hasta el pasado 4 de abril, el sistema de salud pública reportó más de 35 mil diagnósticos de depresión clínica. A la par, se contabilizaron mil 769 ideaciones suicidas y 882 intentos de suicidio.

Sin embargo, especialistas consideran que estas cifras del último Boletín Epidemiológico Nacional son apenas la ‘punta del iceberg’ de una crisis nacional que exige cada vez más ser escuchada”.

El artículo continúa con las siguientes palabras: “Para el psicoanalista Diego Elizalde, el estigma y la centralización de los servicios médicos, especialmente los relacionados con la salud mental, pueden impedir que miles de personas si quiera piensen en buscar ayuda. Muchas personas no reportan o no verbalizan o no saben que están deprimidas, por estigma, y también por algo más importante, la parte económica. Hay muchas personas que por el factor económico no pueden acceder a contactar a un especialista”.

Además, aseguró, el sistema público no contabiliza a los pacientes del sector privado, dejando un vacío enorme en las cifras reales de salud mental en el país.

La psicóloga Sara Leo coincidió en que existe un sesgo profundo originado desde la infancia. “Existe mucho sesgo y mucho tabú alrededor de hablar de la salud mental… Si yo tengo depresión, pero tengo la estructura mental de que tengo que poder solo, no voy a ir a un hospital a pedir ayuda”, sostuvo.

Ambos coincidieron en que socialmente se ha generado una clase de penalización hacia los sentimientos de tristeza, miedo o enojo, etiquetándolos como una debilidad, especialmente si son hombres los que las expresan. Al no tener permiso para sentir, las personas podrían recurrir a conductas de evitación para “anestesiar el dolor emocional”. Prácticas como el consumo de alcohol, de drogas o las autolesiones, conocidas como ‘cutting’, no buscan inicialmente terminar con la vida, sino liberar dopamina y adrenalina que calmen la angustia de manera temporal, afirmaron.

“Por lo general, no quieren acabar con su vida, quieren acabar con el sufrimiento”. A esto se le conoce, afirmó, como desesperanza aprendida: un estado en el que el contexto en que vive la persona, ya sea presiones económicas, violencia, ideales inalcanzables en redes sociales o aislamiento, se vuelve tan abrumador que el suicidio comienza a parecer una solución racional ante la falta de salidas evidentes.”

Hasta aquí el sugestivo artículo, que nos hace constar que las noticias que deprimen llenan las redes sociales, dándonos una sensación de un aplastamiento moral que cambia nuestra conducta hacia un pesimismo paralizante.