LA DESAPARICIÓN de Ángel Enmanuel, un joven de apenas 14 años, en las aguas del río Bravo, ha vuelto a encender las alarmas sobre un peligro latente, pero también ha desnudado, una vez más, la cara más cruda de nuestra sociedad digital: la del juicio sin información.
Mientras los cuerpos de rescate de ambos lados de la frontera agotan esfuerzos —desde el despliegue de buzos hasta el sobrevuelo de helicópteros— en las redes sociales la sentencia ya se ha dictado. Es alarmante observar cómo, tras una pantalla, muchos se apresuran a repartir culpas, señalando a los padres o juzgando la “imprudencia” de un adolescente, ignorando que la tragedia no entiende de moralismos cuando el río reclama su espacio.
Resulta paradójico que, ante una situación de vida o muerte, el primer impulso de la comunidad virtual sea buscar un culpable en lugar de mostrar solidaridad. Se habla de “imprudencia juvenil”, y si bien es cierto que el río no es un balneario, no debemos olvidar la naturaleza de la adolescencia: ese sentido de invulnerabilidad que, sumado a un momento de esparcimiento entre amigos, puede nublar el juicio de cualquiera.
Para entrar en contexto; el río Bravo presenta actualmente una crecida derivada de las lluvias en Coahuila. No es el mismo cauce de hace un mes; hoy es un cuerpo de agua con corrientes profundas y objetos sumergidos que pueden atrapar incluso a expertos.
Es necesario destacar la labor coordinada entre Protección Civil y la Patrulla Fronteriza. Ver un helicóptero y equipos binacionales trabajando de la mano nos recuerda que, por encima de las fronteras políticas, existe una prioridad humana.
También, las declaraciones del director Humberto Fernández Diez de Pinos son contundentes: el sistema de comando de incidentes debe respetarse. El deseo de ayudar de la ciudadanía es loable, pero la voluntad sin capacitación en un entorno tan hostil solo suele generar más víctimas.
Esta tragedia nos deja tres lecciones urgentes que la polémica en redes suele pasar por alto: la primera es que la prevención es colectiva y en ese punto el llamado a los padres es real y necesario, pero no debe hacerse desde la superioridad moral del “yo sí cuido a los míos”, sino desde la empatía y la vigilancia comunitaria.
La segunda lección es que el río es un ente vivo, pues como bien señalan las autoridades, incluso nadadores profesionales han sucumbido ante sus corrientes. Subestimar al Bravo es un error que se paga con la vida.
Y la tercera, la ética digital, nos lleva a reflexionar sobre como antes de emitir un juicio duro sobre una familia que vive horas de angustia, es imperativo informarse. Las notas contradictorias -que inicialmente hablaban de una localización del cuerpo y luego de una búsqueda activa- demuestran que la información está en flujo y que la prudencia debe ser nuestra mejor guía.
Hoy, la estadística de “cero víctimas en 2026” pende de un hilo. Más allá de los números y las culpas repartidas en Facebook o X, hay una familia esperando noticias y un operativo que no descansa. Menos dedos señalando y más conciencia preventiva; esa es la única forma de evitar que el “Patinadero” y otros parajes sigan convirtiéndose en escenarios de luto.
