Quizás la noticia no ha tenido la difusión que merece. Hace unos días, un derrumbe impidió la salida de 7 mineros en una mina de Sinaloa. Aunque no los haya aniquilado, los aisló. Su rescate era difícil y costoso, lo cual hace fácil entender la desesperación de los trabajadores que imaginaban la peor de las muertes.
Afortunadamente, el rescate empezó dándoles esperanza y pudiéndoles proporcionar comida y oxígeno. Ya uno de ellos fue liberado y esperamos que pronto se logre rescatar a los demás mineros. Obviamente que el rescate ha sido costoso, pero el valor de la vida humana es mayor. En la guerra de Medio Oriente, un piloto herido había aterrizado en paracaídas en territorio enemigo. Las fuerzas americanas no escatimaron costos en su rescate… perdieron recursos y tuvieron que destruir dos aviones para que estos no fueran capturados por fuerzas iraníes. Un rescate que tuvo un costo superior a docenas de millones de dólares para rescatar a un militar.
Hechos como estos me ponen a pensar si consideramos valiosa la vida de los demás… o la nuestra. El sábado pasado, “El Mañana”, reseñó el suicidio de dos personas: un joven de 18 y otro de 51 años… en el caso del joven se causó extrañeza, ya que parecía no tener motivos para hacerlos.
Pero, el cuestionamiento más importante es de que tanto nos importa nuestra vida, la de otros… ¿Qué sacrificios estamos dispuestos a hacer? Pero, también es importante considerar ¿qué tanto valoramos los sacrificios de los demás? Es decir, ¿somos de los que exigimos esfuerzos de los demás y no de uno mismo? O bien, elegimos al fácil camino de la indiferencia.
En su mensaje de Pascua, el Papa León escribió:
“Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al cansancio de cada día, entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida.
“Pero también fuera de nosotros, la muerte siempre acecha. La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles. La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles, ante la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, ante la violencia de la guerra que mata y destruye.
“Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos. Existe una ‘globalización de la indiferencia’ cada vez más marcada, por retomar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace justo un año, desde esta logia, dirigió al mundo sus últimas palabras, recordándonos: “Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo”.
Hasta aquí lo que ha escrito el Papa. Es evidente que muchos de nosotros, aunque conocemos muy bien lo relacionado con los Derechos Humanos, en la práctica, hemos elegido como la compañía más apreciada la de los redes sociales, nuestros celulares y los consejos de la IA empiezan a ser más buscados por nosotros… La investigación es cada vez más para nosotros en una pérdida de tiempo.
¿Cuánto tiempo invertimos en nuestras relaciones sociales? ¿Qué compañía aprecia más? ¿La humana o el celular? En ello, como siempre, usted tiene la última palabra.
