EN NUEVO LAREDO, el termómetro político ha subido de tono antes de tiempo, pero no precisamente por la altura de las propuestas, sino por el nivel de desesperación de quienes aspiran a la alcaldía. Con la incertidumbre de la paridad de género aún en el aire, lo que podría invalidar cualquier campaña anticipada, los suspirantes han decidido lanzarse a una cacería de “influencers” locales en un intento burdo por ganarse a los segmentos más jóvenes. No vale la pena mencionar nombres propios, pues hacerlo sería otorgarles una relevancia que no han construido con trabajo, sino con el oportunismo de colgarse de audiencias ajenas para intentar parecer vigentes en un mundo digital que claramente no comprenden.
Resulta lamentable observar cómo la política en nuestra frontera se degrada al grado de convertir el servicio público en un espectáculo de dádivas y simulaciones. Mientras una de estas figuras busca comprar simpatías regalando gasolina -una táctica vieja disfrazada de contenido moderno-, un exalcalde se esfuerza por adoptar un lenguaje “jovial” y una interacción frenética en redes que solo delata su miedo al olvido. Este intento de “chavorruquismo” político, lejos de conectar con la juventud neolaredense, proyecta una imagen de falta de seriedad y una profunda desconexión con las necesidades reales de una ciudad que exige soluciones estructurales, no videos de pocos segundos.
Al final, esta urgencia por figurar antes de que las reglas de género estén claras demuestra que para estos personajes el poder es un fin estético y no una responsabilidad social.
Los jóvenes de Nuevo Laredo merecen respeto y propuestas concretas, no ser tratados como un algoritmo que se activa con gestos forzados o regalos momentáneos. La política debería ser el arte de convencer con la razón y la trayectoria, no el penoso ejercicio de buscar desesperadamente un “like” para disfrazar la carencia de un proyecto verdadero para nuestra comunidad.
