Hay ciudades que se reconocen por sus plazas. Otras por sus museos. Y algunas, como Nuevo Laredo, por sus “vehículos en estado de pausa eterna”. No están abandonados, dicen. Están “en reparación”, “en proyecto”, “esperando tiempo”, “con valor sentimental”. El problema es que, mientras esperan se oxidan… y también oxidan la ciudad.
El retiro de 400 autos chatarra es una buena noticia; no sólo por la imagen urbana sino por algo más práctico: muchos de estos vehículos se convierten en focos de infección, criaderos de mosquitos, obstáculos para peatones y riesgos para la seguridad. El coche sin llantas que invade la banqueta, el que lleva meses sin moverse, el que se volvió bodega improvisada, el que ocupa medio carril; todos forman parte de un paisaje que normalizamos, hasta que nos toca caminar entre ellos.
Pero el operativo también dejó al descubierto otra realidad: la ciudadanía quiere orden, pero lo quiere parejo. Las voces coinciden en lo mismo. Piden que no se limpie sólo el centro, que también se atiendan colonias como La Fe, Villas de San Miguel, Benito Juárez-Infonavit o Valles de Anáhuac. La percepción es clara: si el retiro es selectivo, pierde credibilidad; si es general, gana respaldo.
El fondo del problema no es sólo la existencia de autos chatarra, sino la costumbre de convertir la vía pública en extensión del patio. Hay vecinos que conservan vehículos “para repararlos algún día”. Otros los utilizan como almacén. Algunos acumulan varios meses en la misma cuadra. Con el tiempo, la banqueta desaparece, el peatón se baja a la calle, el tránsito se complica y la colonia se deteriora visualmente. Todo ocurre de manera lenta, silenciosa y, por lo mismo, peligrosa.
También surgen propuestas. Algunos sugieren subastarlos a yonkeros; otros advierten que sólo se trasladaría el problema a otro punto. Hay quien desconfía del destino final de los vehículos. Y no falta el comentario irónico que retrata la cultura local: siempre hay alguien que asegura que los autos “sí sirven” y que pronto quedarán como nuevos. La realidad es que muchos llevan años en ese supuesto proceso.
El operativo es un buen comienzo, pero no puede quedarse en una cifra. El reto es sostenerlo, ampliarlo y hacerlo constante. La limpieza urbana no depende únicamente de la grúa; depende de un cambio de mentalidad colectiva. Cuando entendamos que la calle no es propiedad privada, la ciudad empezará a ordenarse sola.
Mientras tanto, la petición ciudadana es simple: que el retiro sea en toda la ciudad y no sólo donde se ve bonito. Porque el óxido no distingue colonias, y el abandono tampoco. Y una ciudad que quiere avanzar no puede quedarse estacionada… sobre cuatro llantas ponchadas.
¿Usted qué opina?
