Durante décadas, el cauce del río Bravo no solo dividió dos naciones, sino que evidenció dos realidades de gestión pública opuestas, pues mientras Laredo, Texas, mantenía sistemas de saneamiento funcionales, el lado mexicano -Nuevo Laredo- se convirtió en una fuente constante de contaminación.
La razón fue tan simple como cínica: el drenaje y las plantas tratadoras no se ven. Bajo la vieja lógica política de que “lo que se entierra no luce”, las administraciones pasadas prefirieron obras superficiales antes que invertir en la salud del ecosistema y de la población.
Hoy, las cifras de la Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA) marcan un punto de inflexión que rompe con esa racha y hasta tradición de tantos años de negligencia al haber eliminado más del 52 por ciento de las descargas crudas al río en apenas 28 meses, sin duda un logro técnico, pero, sobre todo, una declaración de principios, pues pasar de arrojar 800 litros por segundo de aguas residuales a menos de 390 no es casualidad; es el resultado de dejar de ignorar lo que ocurre bajo nuestros pies.
La inversión de 81 millones de dólares en el proyecto integral de saneamiento -en el que el Gobierno Municipal aporta una parte histórica de 39 millones- refleja un cambio de visión. Mientras que la rehabilitación de la PITAR (casi al 100 por ciento en su primera etapa) y de colectores clave como El Coyote, Ribereño y Donato Guerra, demuestra que finalmente hay una administración dispuesta a invertir en infraestructura “invisible”, pero vital.
Este esfuerzo no es solo un acto de responsabilidad ambiental local; es un compromiso de buena vecindad y supervivencia compartida, pues el Bravo es la única fuente de agua potable para ambas ciudades.
Al duplicar la capacidad de tratamiento y frenar el vertido de contaminantes, Nuevo Laredo no solo está limpiando su imagen ante el Banco de Desarrollo de América del Norte (NadBank) y sus contrapartes tejanas, sino que está asegurando el futuro hídrico de la región.
Ya no hay espacio para la política de relumbrón que ignora las cloacas abiertas y sin duda el saneamiento del río Bravo figura entre las obras más importantes de la ciudad, precisamente porque por primera vez se está invirtiendo donde más duele y donde más se necesitaba, aunque no se vea en la foto de inauguración tradicional.
