DESDE LA FRONTERA

Entre broma y broma, el terántropo se asoma

Dedico esta columna a los gemelos Ribera: Jordi y Joan.

Escrito en OPINIÓN el

Aquí planteo algunas hipótesis sobre el fenómeno de los terántropos (therian), surgido en febrero de 2026, por el que personas se disfrazan de algún animal y actúan bestialmente, por creerse, a tiempo completo o parcial, tales “humanos no persona”:

1. Decadencia del imperio y cinismo. Igual que Alejandro Magno tuvo a sus cínicos, Donald Trump tiene a sus terántropos. Aunque ni Trump es el discípulo de Aristóteles, ni entre los terántropos ha aparecido -de momento- un Diógenes, debemos considerar el escapismo por la decadencia de los valores de un imperio (en este caso, el estadounidense y, en general, la civilización occidental). Qué casualidad que, en una época tan compleja, de guerras y otras viejas crueldades, se publicite a individuos que prefieren retirarse del fragor para maullar, lamerse y comer galletitas de perro diseñadas para humanos. En este sentido, la ideología de los terántropos no creo que pueda atribuirse a rivales geoestratégicos chinos o rusos, pero sí su amplificación para desmoralizarnos: La mujer medusa no va a la guerra.

2. Contexto socioeconómico. Partiendo de la hipótesis de la juventud de la mayoría de los terántropos (aunque en Japón pueda ser más transversal, dado lo suyos que son estos extraños asiáticos), debería considerarse el triste vivir de quienes no pueden acceder a la propiedad de casa ni a alquiler, con trabajos horrendos, sin relaciones de pareja, ni hijos, ni confianza en la familia, sin tabús religiosos, y que transitan lyotardianos (sin grandes relatos), ensimismados en aplicaciones digitales. Internet, el gran amplificador y distractor actual, hará el resto. En ese sentido, a cada fenómeno social masivo, un canal de transmisión: La cruzada de los niños medieval, de la que escribieron bellamente Marcel Schwob o Jerzy Andrzejewski, se movió por rumores, sermones, boca a boca; la creencia en abducciones por extraterrestres durante la Guerra Fría no habría existido sin TV (recuerdo los programas del Canal 9 valenciano donde personas “atestiguaban” sus viajes con extraterrestres y hasta relaciones amistosas o sexuales; yo, de ingenuo chiquito, pasé noches de pavor, imaginando a un desempleado alienígena sentado en el sillón de mi casa, al fondo del pasillo). Me temo que los terántropos han encontrado sus zoos en foros, y selvas y lianas en TikTok, y terminarán como chivo expiatorio de los problemas que indican.

3. Regreso a la religiosidad primaria mediante transferencia psicológica. Se pregunta Liz, freudiana:

-¿Cómo no iba a suceder esto, si tantos subliman a sus mascotas? Los jóvenes crecen viendo que agasajamos a las bestias y en su búsqueda de cariño se tornan ellas.

A esto, mi papá responde:

-Quien se crea perro, como castigo, que pase una semana en la perrera. Quien se crea oveja, una semana al matadero. 

En “El animal divino”, Gustavo Bueno plantea que la religiosidad primaria es la numinosa, la que diviniza a los animales. Hoy, las sociedades idólatras de mascotas (“silencio, no hagan ruido, que el príncipe de la casa está durmiendo”, referido a su dálmata, escuché de una india occidentalizada en Dharamsala, en las faldas de los Himalayas) o declinaciones locales (la tradición prehispánica del nahual o espíritu animal; el culto al psicoanálisis en Argentina) son un humus para terántropos.

Este fenómeno fértil para escritores (¿a qué círculo del Infierno de Dante irán los terántropos?) o artistas (se me ocurre el performance de poner máscaras de humanos a animales: palomas con máscaras de chino; ratas con caras de alcaldes; perros o gatos callejeros con rostros negros de Bob Marley) deja, además, interrogantes profundos:

a)  La cuestión filosófico moral de si puedo modificar mi cuerpo humano a voluntad, hasta dejar de ser humano.

b) ¿Qué consecuencias políticas tiene llamar a la policía porque un terántropo me ha mordido y que los de la patrulla que llegue sean terántropos?