Cuando la familia no puede, cuando la sociedad falla y cuando las instituciones se ausentan, la escuela permanece. Hola, qué tal, les saluda su amiga la maestra Diana, como cada semana, hoy quiero invitarles a reflexionar sobre un tema profundamente humano y cercano a nuestra realidad educativa. Familia querida, amigas y amigos, lectores. Con frecuencia se piensa que la escuela es únicamente el espacio donde se transmiten conocimientos académicos; se le asocia con cuadernos, exámenes, calificaciones y contenidos curriculares. Sin embargo, quienes vivimos el día a día escolar sabemos que la escuela pública, especialmente en contextos como los que se viven en muchas regiones de Tamaulipas, se ha convertido en algo mucho más profundo: la escuela hoy es el último refugio para muchos alumnos.
En las aulas no solo se enseñan contenidos escolares. Ahí llegan niñas, niños y adolescentes con historias que no siempre se cuentan, con preocupaciones que rebasan su edad y con realidades que muchas veces no encuentran respuesta fuera del plantel. Hay alumnos que llegan con hambre, con miedo, con enojo o con tristeza, y encuentran en la escuela un espacio donde son escuchados y acompañados. Sin buscarlo, la escuela se ha convertido en un lugar de contención emocional y social, aun cuando no siempre cuenta con las herramientas ni los recursos suficientes para hacerlo.
Docentes, directivos y personal educativo han asumido funciones que van más allá de lo establecido en su nombramiento. Se convierten en orientadores, mediadores, figuras de apoyo y, en muchos casos, en el primer filtro para detectar situaciones de riesgo. No por obligación, sino por compromiso humano. Porque cuando un alumno encuentra a un adulto que lo escucha, que lo observa y que se interesa por su bienestar, la escuela se transforma en un espacio seguro, en un punto de estabilidad en medio de contextos complejos.
Esta realidad se acentúa en comunidades donde las familias enfrentan jornadas laborales extensas, carencias económicas, migración o desintegración familiar. La escuela, entonces, no solo educa; cuida. No solo forma; sostiene. No solo instruye; acompaña. Y lo hace todos los días, aun cuando la exigencia institucional se centra principalmente en resultados académicos, estadísticas y evaluaciones, dejando en segundo plano la dimensión humana que se vive en cada grupo y en cada aula.
A la escuela se le exige cada vez más, pero el respaldo no siempre crece al mismo ritmo. Se espera que atienda la diversidad, que prevenga la violencia, que detecte problemáticas emocionales, que incluya, que proteja y que contenga, además de cumplir con metas académicas cada vez más altas. Todo ello, muchas veces, sin personal suficiente, sin acompañamiento especializado y con infraestructura limitada. A pesar de estas condiciones, la escuela sigue de pie, abriendo sus puertas todos los días y recibiendo a cada alumno con su historia a cuestas.
En Tamaulipas, como en muchas otras regiones del país, la escuela pública representa para miles de estudiantes el único espacio donde se sienten vistos, escuchados y valorados. Para algunos, es el lugar donde reciben una palabra de aliento, una orientación o simplemente la certeza de que alguien se interesa por ellos. Esa función profundamente humana rara vez aparece en los informes oficiales, pero sostiene silenciosamente a comunidades enteras.
Es momento de reflexionar sobre el papel que le estamos asignando a la escuela y reconocer que no puede ni debe cargar sola con responsabilidades que corresponden a toda una estructura social. Defender a la escuela pública implica dotarla de condiciones reales para cumplir su función educativa y humana, valorar a quienes la sostienen y comprender que educar no es solo transmitir conocimientos, sino acompañar procesos de vida.
A pesar de todo, la escuela continúa abriendo sus puertas cada mañana. Recibe a cada alumno con sus miedos, sus esperanzas y sus sueños. Y mientras existan docentes y directivos comprometidos, la escuela seguirá siendo ese último refugio donde muchos encuentran la fuerza para no rendirse. Porque educar, en su sentido más profundo, también es cuidar.
Como siempre, la reflexión queda abierta. ¿Hasta dónde puede y debe llegar la escuela en contextos donde otras estructuras han fallado? ¿Qué lugar ocupa hoy la escuela pública en la vida de nuestros niños y adolescentes? ¿Estamos como sociedad acompañando a la escuela o simplemente dejándole toda la carga? Quisiéramos conocer tu opinión.
Con respeto y compromiso educativo.
Dra. Diana Angélica Alejandro Alemán
Aula Abierta
