AULA ABIERTA

Lo que todos ven, pero nadie corrige

Escrito en OPINIÓN el

Cuando el desorden se normaliza, deja de sorprender y comienza a dañar. Hola, qué tal. Les saluda la maestra Diana. Como cada semana, hoy quiero invitarles a reflexionar sobre una realidad que muchas veces se comenta en voz baja, pero que se vive a plena vista en algunas escuelas. Familia querida, amigas y amigos, lectores. Existen problemáticas de gestión escolar que no están ocultas, que no requieren investigaciones profundas para ser detectadas, porque son visibles para todos. Sin embargo, a pesar de ser evidentes, se permiten, se toleran y no se corrigen.

Cuando una escuela está mal administrada, el daño no es abstracto ni administrativo; el daño es humano y tiene nombre y rostro. Son los alumnos quienes pagan las consecuencias de decisiones tardías, de procesos desordenados, de la falta de organización y de la ausencia de liderazgo. Son ellos quienes enfrentan cambios constantes, incertidumbre, ambientes poco favorables para el aprendizaje y, en muchos casos, una escuela que deja de ser un espacio seguro y estable.

La mala gestión no se queda en oficinas o documentos. Llega al aula cuando no hay claridad, cuando se improvisa, cuando no se cuida la convivencia, cuando los recursos no se aprovechan correctamente o cuando los problemas se dejan crecer hasta convertirse en crisis. Y aun así, muchas veces se guarda silencio. Se prefiere no incomodar, no intervenir, no señalar. La omisión se vuelve práctica común y, con ello, se normaliza el desorden.

La omisión también educa. Cuando no se corrige, se enseña que todo puede seguir igual. Cuando no se acompaña, se transmite que no hay consecuencias. Cuando se mira hacia otro lado, se manda el mensaje de que los alumnos no son la prioridad. Y esa omisión, sostenida en el tiempo, termina afectando la confianza de las familias y debilitando el sentido de comunidad escolar.

Un reflejo claro de esta realidad se hizo evidente en las recientes inscripciones del mes de febrero. Los padres de familia, con sus decisiones, hablaron con claridad. Eligieron escuelas donde perciben orden, estabilidad, compromiso y cuidado hacia sus hijos. También evitaron aquellas donde los problemas son visibles y donde la mala gestión se ha vuelto costumbre. Las familias observan, comparan y deciden. Cuando una escuela no está bien, la comunidad lo sabe, aunque nadie lo diga de manera oficial.

Corregir no es castigar, es proteger a los alumnos. Acompañar una escuela con dificultades de gestión no debería verse como una amenaza, sino como una responsabilidad institucional. Supervisar, orientar y actuar a tiempo es una forma de cuidar el derecho de los estudiantes a una educación digna y de calidad. Lo contrario, dejar pasar, es permitir que el daño continúe.

En Tamaulipas, como en muchos otros contextos, nuestras niñas, niños y adolescentes merecen escuelas bien gestionadas, con liderazgo claro y con decisiones que los pongan en el centro. No es justo que los alumnos carguen con las consecuencias de omisiones que pudieron corregirse a tiempo. La escuela forma, pero también protege, y cuando falla la gestión, falla esa protección.

Es momento de preguntarnos por qué se sigue permitiendo lo que daña a la escuela y a quienes la habitan. Mirar hacia otro lado no es neutral. La omisión también es una forma de decidir. Corregir, acompañar y actuar es una responsabilidad compartida que no puede seguir postergándose.

Como siempre, la reflexión queda abierta. ¿Por qué seguimos permitiendo prácticas que afectan directamente a los alumnos? ¿A quién beneficia la omisión? ¿Qué mensaje estamos enviando cuando no se corrige lo que todos ven? Quisiéramos conocer tu opinión.

Con respeto y compromiso educativo.

Dra. Diana Angélica Alejandro Alemán

Aula Abierta

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