Con el sonido de una batucada y los gritos de “¡justicia!” de fondo, Margarita Castro, de 59 años, muestra un tatuaje de la Sirenita en su antebrazo derecho.
Era el personaje Disney favorito de su hija, Ana Hassel, que fue estrangulada por su pareja en julio de 2024 en el Estado de México. Su calvario sigue a día de hoy, ya que la familia del feminicida -condenado a 43 años de prisión- no le deja ver a su nieto, de 8 años.
Dice que la justicia ha mirado hacia otro lado y por eso, como decenas de miles de mexicanas, Castro marcha durante el 8M, Día Internacional de la Mujer.
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Este 8M, las calles de las principales ciudades de México se han vuelto a teñir morado y retumbado con el eco de un grito de frustración, rabia e impotencia en un país que se ha acostumbrado a contar a sus muertas.
En el Paseo de la Reforma, las manifestantes comenzaron a agolparse sobre el mediodía entre la sombra de monumentos y los establecimientos comerciales blindados.
La ola, que comenzó a tomar fuerza desde la mañana, tiene de todo: madres buscadoras de desaparecidos, estudiantes, mujeres trans, grupos grandes, grupos más pequeños, oenegés. Los carteles destacan casos personales, pero también recuerdan los distintos feminicidios que han encendido los focos de alarma en los últimos días.
Entre ellos, los asesinatos de dos estudiantes de la Universidad Autónoma de Morelos (UAEM) a inicios de este mes o el de una madre buscadora en Sinaloa.
También hay historias intergeneracionales. Alina Barojas, de 65, aún recuerda la primera vez que fue a una marcha en el Día Internacional de la Mujer, “por allá en los años 80”.
Mucho ha cambiado, pero no todo lo que le hubiese gustado: “Este es un grito de amor, pero también de dolor, esperanza y para nutrirse de esta energía y seguir luchando diariamente contra el patriarcado”, cuenta al lado de su hija Ana, de 39, y su nieta, de 4.
Esa lucha diaria de la que habla Barojas se traduce en cosas que van, en el menor de los casos, desde los comentarios misóginos y miradas lacerantes hasta el nivel máximo, con el feminicidio y las desapariciones.
En esto último México se convierte en un mar de cifras negras. Con un cartel de mariposas con los nombres de mexicanas secuestradas, Abril Díaz, 32, de la organización Resistencia Sorora pone las cosas negro sobre blanco: “Todos los casos están llenos de corrupción. Cada año hay más violencia, cada año hay más casos de desaparecidas”.
Los reclamos este año tienen también nombres propios: Kimberly Joselín Ramos y Karol Toledo. “Estoy aquí porque Kimberly no pudo”, se lee de un pedacito de cartón que sostiene una joven. Los cuerpos de Ramos y Toledo fueron encontrados en los primeros días de marzo.
Ambas eran estudiantes de la UAEM y sus casos han movilizado a toda la comunidad universitaria. Maite, alumna de Derecho en la FES Acatlán, de 20 años, le entrega una paleta a las mujeres policías que custodian la manifestación. Varios metros después, Laura, estudiante de Biotecnología de 23 años en el Instituto Politécnico Nacional (IPN), añade que no solo es que las universidades en México no sean seguras, si no que también que miran para otro lado cuando las estudiantes levantan la voz.
Ella y sus compañeras levantaron un tendedero con denuncias de violencia machista, sobre todo contra profesores, pero hasta ahora, asegura que la respuesta de las autoridades ha sido el silencio.
