El presidente de Estados Unidos manda mensajes contradictorios sobre sus planes bélicos, entre amenazas y marchas atrás por la presión de los mercados y la crisis energética global en marcha.
En junio de 2014, Barack Obama dijo: “Es más difícil acabar las guerras que empezarlas”. La suya, heredada, era entonces la de Afganistán. Y aún faltaban más de siete años para el día de finales de agosto de 2021 en el que Estados Unidos, con Joe Biden de comandante en jefe, se retiró del país centroasiático en mitad del caos.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha insistido estos días a sus colaboradores en la Casa Blanca que está lis- to para poner fin a su guerra, lanzada hace un mes junto a Israel contra Irán. Sigue diciendo que ese final llegará “pronto”, porque las cosas “van más rápido de lo previsto”, mientras el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró este viernes que sería “cuestión de semanas, no meses”. Pero Trump no parece tener claro cómo hacerlo.
Los vaivenes en sus mensajes sobre la planificación de un conflicto que se ha convertido en la mayor crisis de su segundo mandato así lo indican. El mejor ejemplo de la volubilidad que gobierna sus decisiones llegó este jueves, un día antes del final del plazo dado al régimen de los ayatolás para que aceptara las condiciones de EU y acabar así con las hostilidades.
La jornada empezó con Washington dando por hecho, en vista de la movilización de miles de nuevos soldados que viajan rumbo a Oriente Próximo, que la guerra estaba a punto de entrar en una nueva fase con el lanzamiento de una ofensiva terrestre de con- secuencias impredecibles.
Tuvo su clímax al final de la tarde, con el anuncio de Trump de que extendía la fecha límite de su ultimátum hasta el 6 de abril, “a petición”, escribió en Truth, su red social, “del Gobiernp iraní”, y dado que las negociaciones “van muy bien”. Y terminó con una exclusiva de The Wall Street Journal que asegura que el Pentágono sopesa enviar otros 10.000 soldados de infantería y vehículos blindados. Se sumarían a los 50.000 que están en Oriente Próximo y los 7.000 en camino, pero quedarían muy lejos del personal desplegado en Afganistán (más de 100.000 soldados) e Irak (160.000).
Horas antes, Trump presidió una larguísima reunión de su gabinete, televisada, como ya es costumbre. Entre digresiones sobre asuntos ajenos al fragor de la batalla, una inexplicable loa de cinco minutos a su rotulador favorito, de la marca Sharpie, y ataques a los periodistas que traían preguntas incómodas, el presidente de Estados Unidos anunció su disposición a suspender el impuesto federal a la gasolina (mientras el galón roza los cuatro dólares en el país) e insistió en que la guerra va bien y en los éxitos de su Ejército en el frente iraní.
Esto último, y la estampa de verlo rodeado de miembros de su Gobierno, que se deshicieron de nuevo en elogios y han demostrado ampliamente tanto su tendencia a darle la razón como su alergia a llevarle la contraria, abonó las dudas sobre el proceso de decisiones de la Casa Blanca en lo que se refiere a Irán.
Esta semana, la NBC publicó, a partir de fuentes anónimas, que, cada día desde el inicio de la guerra, a Trump le muestran un video de uno o dos minutos con los ataques más exitosos de las 48 horas previas. Una de esas fuentes describió esa información de inteligencia como “una serie de clips con cosas volando por los aires”.
